¿Vale la pena un MBA si ya eres dueño de negocio?
¿Vale la pena un MBA si ya tienes empresa? Costos reales, lo que no enseña y la mejor alternativa al MBA para dueños, de programas ejecutivos a...
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BBS va más allá del
modelo académico tradicional.
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Esteban Cordero
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Son las siete y cuarenta de un martes. Piensa en la dueña de una distribuidora de alimentos con ochenta empleados, que llega a la oficina antes que nadie porque es el único momento en que el teléfono no suena. Abre el reporte de ventas de la semana y ve que facturaron más que el mes pasado, pero la caja está más apretada que nunca. Su gerente comercial quiere bajar precios para ganarle un cliente grande a la competencia. Su contador le advierte que dos líneas de producto pierden dinero, aunque nadie sabe exactamente cuáles. A las nueve tiene una reunión con el banco, a las once una renuncia que no esperaba y a las tres una conversación incómoda con su socio sobre si abrir o no una segunda bodega. Nada de eso viene en el temario de ninguna carrera.
Si te reconoces en esa escena, probablemente ya te hiciste la pregunta que da título a este artículo. Sientes que necesitas formarte, que el negocio creció más rápido que tus herramientas para dirigirlo, y frente a ti aparecen dos caminos que parecen equivalentes. Por un lado la universidad, con su prestigio, sus títulos y sus maestrías. Por el otro, una escuela de negocios pensada para quien ya dirige una empresa. No son lo mismo, y confundirlos puede costarte dos años y una cantidad considerable de dinero sin que el martes a las siete y cuarenta se vea distinto.
Lo primero que conviene aceptar es que el trabajo de un dueño de empresa no se parece al de ningún otro puesto. Un gerente de finanzas puede dominar su área sin entender a fondo la operación. Un director comercial puede ser brillante vendiendo sin saber leer un estado de flujo de efectivo. El dueño no tiene ese lujo. Tiene que decidir sobre precios, costos, personas, tecnología, clientes y deuda en la misma mañana, casi siempre con información incompleta y sin nadie por encima a quien escalar el problema.
A esa complejidad se suma una presión silenciosa que pocas veces se nombra. Según la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos (BLS), de los establecimientos privados que nacieron en 2013, apenas el 50,6% seguía operando cinco años después y solo el 34,7% llegaba a los diez. Sobrevivir los primeros años no garantiza nada. Muchas empresas mueren cuando ya facturan bien, justo en la etapa en que el dueño sigue tomando decisiones con la intuición que le sirvió para arrancar, pero que ya no alcanza para una organización más grande.
Y lo hace, muchas veces, solo. Una encuesta de RHR International a cien directores generales, reportada por Fortune, encontró que el 41% decía experimentar soledad en su cargo. Un año después, un estudio de la Escuela de Negocios de Stanford y The Miles Group reveló que casi dos de cada tres directores generales no recibían ningún tipo de consejo externo sobre liderazgo, aunque prácticamente todos decían que les gustaría tenerlo. Si eso ocurre en empresas con juntas directivas y equipos de recursos humanos, imagina lo que pasa en una compañía familiar de cien personas donde el dueño es, al mismo tiempo, presidente, director comercial y última instancia de cualquier conflicto.
Ese es el punto de partida correcto para elegir dónde formarte. No la pregunta de qué título quieres colgar en la pared, sino qué necesitas para que tus decisiones del próximo trimestre sean mejores que las del anterior.
Sería injusto empezar criticando a la universidad, porque cumple una función valiosa. Forma profesionales con bases sólidas, enseña a pensar con rigor, produce investigación que con el tiempo termina cambiando la manera en que las empresas operan y entrega credenciales que el mercado laboral reconoce. Para alguien de veinticinco años que quiere construir una carrera corporativa, o para un ejecutivo que necesita un título para ascender dentro de una multinacional, una maestría tradicional puede ser exactamente lo que necesita.
El problema aparece cuando se le pide a la universidad algo para lo que no fue diseñada. Su modelo está construido alrededor del conocimiento que se puede generalizar, medir y evaluar. Los programas tienen semestres, créditos, exámenes y profesores cuya carrera depende, en buena parte, de lo que publican en revistas académicas. Nada de eso es malo. Simplemente responde a otra lógica, la de formar a quien todavía no dirige, o a quien dirige dentro de una estructura que otros ya construyeron.
Esta tensión no es una opinión de quienes estamos fuera de la academia. En 2005, Warren Bennis y James O'Toole publicaron en Harvard Business Review un artículo que todavía se cita con frecuencia, "How Business Schools Lost Their Way". Su diagnóstico era que muchas escuelas habían adoptado un modelo de excelencia basado en el rigor de la investigación y no en la competencia de sus egresados, tratando los negocios como una disciplina científica cuando en realidad son una profesión. Advertían también que los claustros se llenaban de investigadores con poca experiencia dentro de empresas, más cómodos enseñando métodos que lidiando con los problemas desordenados y multidisciplinarios que enfrenta quien dirige.
Para un dueño de empresa, esa diferencia no es teórica. Es la diferencia entre aprender un modelo de fijación de precios en un caso escrito hace quince años sobre una aerolínea global, o discutir por qué tu margen bruto cayó cuatro puntos en seis meses con alguien que ya resolvió ese mismo problema en tres compañías distintas.
El libro de texto enseña que la estrategia viene primero y la ejecución después. El lunes por la mañana enseña que la estrategia se redefine cada vez que un cliente clave renegocia condiciones. El libro dice que los costos se asignan con criterios claros. La empresa real descubre que nadie sabe cuánto cuesta realmente atender a ese cliente que pide entregas fraccionadas tres veces por semana. El manual habla de estructuras organizacionales ideales. El dueño tiene un gerente de operaciones leal desde hace quince años que no tiene las capacidades que la empresa necesita hoy, y una decisión que ningún organigrama le va a resolver.
Esa distancia no significa que la teoría sea inútil. Significa que la teoría sola no alcanza, porque el trabajo del dueño consiste precisamente en traducirla a un contexto concreto, con restricciones de dinero, de tiempo, de personas y de mercado que ningún modelo general puede anticipar. Lo que un dueño necesita no es memorizar marcos conceptuales, sino desarrollar criterio para decidir cuál usar, cuándo y con qué ajustes. Y el criterio no se transmite en una clase magistral. Se construye contrastando decisiones reales con otras personas que enfrentan decisiones parecidas.
Piensa en un fabricante de muebles que creció de veinte a ciento veinte empleados en seis años. Aprendió de finanzas a golpes, sabe vender mejor que nadie en su equipo y conoce cada máquina de la planta. Pero ahora tiene tres canales de venta, un distribuidor en otro país y una cartera de clientes donde el más rentable en papel podría ser el que más dinero le cuesta. Lo que le falta no es un curso de contabilidad general. Le falta saber qué preguntas hacerle a sus números, qué indicadores mirar cada semana y cómo construir un tablero que le diga a tiempo dónde se está escapando el margen. Eso es exactamente lo que trabaja un programa como Business Control & Operational Excellence, donde el punto de partida no es el capítulo uno de un libro, sino la operación de quienes están sentados en la sala.
Si la formación de directivos fuera eficaz por defecto, el mundo empresarial estaría lleno de organizaciones transformadas. No es así. Michael Beer, profesor emérito de Harvard Business School, estimó junto con sus colegas que las empresas en Estados Unidos gastaron cerca de 162.000 millones de dólares en capacitación corporativa en 2012, y llamó al fenómeno "el gran robo de la capacitación". Como explicó en Harvard Business School Working Knowledge, algunos estudios sugieren que solo alrededor del 10% de esa formación resulta efectiva. Su conclusión es incómoda pero útil. La capacitación fracasa cuando se lanza sin cambiar el sistema en el que la persona va a aplicar lo aprendido. El ejecutivo vuelve de un programa inspirado y, en dos semanas, la inercia de la organización lo devuelve a hacer lo mismo de siempre.
McKinsey llegó a conclusiones parecidas en su conocido análisis "Why leadership-development programs fail". Entre los errores más comunes señala dos que cualquier dueño reconocerá. El primero es ignorar el contexto, enseñando un estilo de liderazgo único sin considerar la estrategia, la cultura y el momento de cada empresa. El segundo es separar la reflexión del trabajo real, llevando a los participantes a un salón alejado de los problemas que tienen que resolver. El mismo artículo afirma que los adultos retienen alrededor del 10% de lo que escuchan en una clase expositiva y cerca de dos tercios cuando aprenden haciendo.
A eso se suma algo que la psicología conoce desde hace más de un siglo. La curva del olvido que Hermann Ebbinghaus describió a finales del siglo XIX, y que una réplica publicada en PLOS ONE en 2015 volvió a confirmar, muestra que lo aprendido se pierde rápido cuando no se usa. Para un dueño, la implicación es directa. Si lo que aprendes en un programa no se convierte en una decisión o en un cambio concreto durante los días siguientes, lo más probable es que se diluya entre las urgencias de la semana.
Por eso la pregunta no es solamente dónde estudiar, sino cómo está diseñada la experiencia. Una buena educación ejecutiva para dueños tiene que estar conectada con su empresa desde el primer minuto, trabajar sobre sus problemas y no sobre problemas ajenos, y terminar con compromisos que se puedan ejecutar el lunes siguiente.
En Brickell Business School repetimos una frase que resume buena parte de nuestra manera de pensar. Aquí no hay estudiantes. Hay dueños, directores generales y miembros de juntas directivas que ya cargan con la responsabilidad de una nómina, de un crédito bancario y de las decisiones que nadie más puede tomar por ellos. Esa diferencia cambia todo lo que ocurre en la sala.
Cuando un dueño escucha a otro dueño contar cómo perdió a su mejor vendedor por no haber diseñado bien un esquema de comisiones, no está escuchando una teoría. Está escuchando una advertencia de alguien que pagó el precio. Cuando discute con una directora general de otro país cómo enfrentó la entrada de un competidor con precios agresivos, aprende algo que ningún caso escrito le puede dar, la secuencia real de dudas, errores y correcciones que llevó a una decisión.
La evidencia respalda esa intuición. En un experimento publicado por el National Bureau of Economic Research y luego en el Quarterly Journal of Economics, los economistas Jing Cai y Adam Szeidl organizaron asociaciones empresariales para dueños y gerentes de empresas jóvenes en China. Asignaron aleatoriamente a unas 2.800 empresas entre grupos que se reunían mensualmente durante un año y un grupo de control sin reuniones. Las empresas que participaron en los encuentros aumentaron sus ingresos en 8,1%, mejoraron su puntaje de gestión, consiguieron más socios y más financiamiento, y los efectos persistieron un año después de terminadas las reuniones. Un detalle es especialmente revelador. Las empresas a las que les tocaron pares de mejor calidad crecieron más rápido.
Dicho de otra manera, con quién aprendes importa tanto como qué aprendes. Una escuela de negocios para empresarios no debería medirse por la cantidad de contenido que entrega, sino por la calidad de las conversaciones que provoca entre personas que se enfrentan a decisiones del mismo calibre. Por eso nuestros programas ejecutivos son inmersivos y presenciales en Miami, durante tres o cuatro días, con espacios deliberados para que esas conversaciones continúen fuera del salón, en una cena o en una caminata entre sesiones. Muchas veces la idea que cambia el trimestre de un dueño no aparece en la presentación, sino en la pregunta que le hace otro participante durante el café.
Esto también tiene un efecto menos visible sobre el liderazgo empresarial. El dueño que pasa varios días entre pares descubre que sus problemas no son tan únicos como creía, que otros han sentido la misma duda antes de despedir a un socio o de invertir en tecnología, y que pedir consejo no debilita su autoridad. Esa sensación de no estar solo frente a las decisiones difíciles, que la encuesta de Stanford mostró que tantos directores generales echan de menos, es parte del valor de aprender entre iguales.
Gran parte de la formación tradicional en negocios gira alrededor de casos de empresas enormes. Son historias fascinantes sobre la NASA, General Motors o una aerolínea global, escritas con rigor y útiles para entender grandes principios. El problema es que un dueño con trescientos empleados en Monterrey, Bogotá, San José o Miami no enfrenta los problemas de General Motors. No tiene un departamento de estrategia con cuarenta analistas ni puede absorber un error de diez millones de dólares sin poner en riesgo la empresa.
Por eso en Brickell trabajamos con casos reales de empresas en crecimiento en Estados Unidos y en América Latina. Empresas que tienen la escala, las restricciones y los dilemas que un dueño reconoce de inmediato. La distribuidora que tuvo que redefinir su portafolio porque el volumen escondía clientes que destruían margen. La empresa de servicios que descubrió que su verdadero problema no era vender más, sino retener a los clientes que ya tenía. El fabricante que implementó un CRM y no vio resultados hasta que cambió primero su proceso comercial. Cuando el caso se parece a tu empresa, la distancia entre la sala y tu oficina se acorta.
El otro ingrediente es quién enseña. Hay una diferencia profunda entre alguien que estudió cómo se diseña una estructura de precios y alguien que la ha implementado en empresas reales, ha visto a un equipo comercial resistirse y ha tenido que corregir sobre la marcha. Nuestros programas los imparten practicantes, personas que han dirigido, asesorado o transformado empresas y que pueden responder con la experiencia de quien ya vio la película completa.
Esa misma idea tiene respaldo en la investigación económica. En un experimento con plantas textiles en India publicado en el Quarterly Journal of Economics, Nicholas Bloom y sus colegas ofrecieron consultoría gratuita en prácticas de gestión a un grupo de fábricas elegidas al azar. Según el resumen de la London School of Economics, las plantas que adoptaron esas prácticas aumentaron su productividad en 17% durante el primer año, y los autores concluyeron que la principal razón por la que no las habían adoptado antes eran barreras de información. No era falta de capacidad ni de voluntad. Simplemente no sabían lo que otras empresas ya sabían. Eso es lo que transmite un practicante, el conocimiento que todavía no está en los libros pero ya está funcionando en otras compañías.
Un ejemplo concreto ayuda a verlo. En un programa como Sales Strategy & Revenue Control, la conversación no empieza con definiciones de embudo de ventas, sino con preguntas que un dueño debería poder responder y casi nunca puede. Cuánto cuesta realmente adquirir un cliente en cada canal. Qué porcentaje de las ventas proyectadas termina cerrándose. Qué vendedor gana más comisión vendiendo los productos que menos margen dejan. Las respuestas de cada participante se convierten en el material de trabajo.
Si hay una prueba sencilla para saber si un programa de formación sirve para un dueño, es esta. Qué cambió en tu empresa tres meses después. No qué aprendiste, no cuántas horas cursaste ni qué certificado recibiste, sino qué decisiones tomaste y qué resultados empezaron a moverse.
Por eso en Brickell cada programa termina con un plan de 90 días. No es un ejercicio decorativo, sino la manera de convertir lo discutido en compromisos concretos antes de que la curva del olvido haga su trabajo. Noventa días es un horizonte suficientemente corto para mantener la urgencia y suficientemente largo para ver resultados iniciales. Es, además, el ritmo natural de un trimestre, la unidad en la que la mayoría de las empresas ya mide su desempeño.
Un buen plan de 90 días para un dueño suele tener una estructura simple.
Ese último punto suele ser el más revelador. La mayoría de los dueños no fracasa por falta de ideas, sino por intentar sumar iniciativas nuevas sin quitar ninguna de las anteriores. Un plan realista reconoce que tu agenda ya está llena y obliga a elegir.
Volvamos a la dueña de la distribuidora del principio. Con un plan de 90 días bien construido, su martes podría verse distinto. En lugar de discutir en abstracto si bajar precios, tendría un análisis de rentabilidad por cliente y por línea que le diría cuánto puede ceder sin destruir margen. En lugar de enterarse de las renuncias por sorpresa, tendría una conversación trimestral con sus gerentes clave. En lugar de decidir sola la segunda bodega, habría contrastado su escenario con otros dueños que ya pasaron por esa expansión. Ninguna de esas cosas requiere un título universitario. Requieren criterio, información y la disciplina de convertir decisiones en acciones.
Esa es la diferencia esencial entre una universidad y una escuela de negocios diseñada para dueños. La universidad te prepara para entender los negocios. Una escuela como Brickell existe para ayudarte a dirigir mejor el tuyo, ahora, con los problemas que tienes sobre el escritorio. Puedes explorar nuestras opciones de programas ejecutivos, bootcamps y labs para encontrar el formato que se ajusta al momento de tu empresa, ya sea una experiencia inmersiva en Miami o un lab práctico en tu propia compañía junto con tu equipo.
Una maestría universitaria está diseñada para formar profesionales a lo largo de uno o dos años, con créditos, exámenes y un título reconocido por el sistema educativo. Una escuela de negocios para dueños como Brickell trabaja en formatos intensivos sobre los problemas reales de las empresas de los participantes, con casos de compañías en crecimiento y profesores practicantes. Brickell no es una universidad ni otorga títulos académicos. Su propósito es que cada dueño salga con decisiones claras y un plan de 90 días aplicable a su empresa.
La que se conecta con su operación desde el primer día. La investigación de McKinsey y de Harvard Business School muestra que la formación falla cuando se separa del trabajo real y del contexto de cada empresa. Un dueño necesita aprender entre pares que enfrentan decisiones del mismo calibre, trabajar con casos parecidos a su negocio y salir con compromisos concretos que pueda ejecutar en las semanas siguientes.
Sí, y hay evidencia rigurosa al respecto. Un experimento aleatorio de Jing Cai y Adam Szeidl con unas 2.800 empresas jóvenes encontró que los dueños y gerentes que se reunían mensualmente con pares aumentaron los ingresos de sus empresas en 8,1%, con efectos que persistieron después de terminado el programa. Aprender entre iguales también reduce la soledad de quien dirige y mejora la calidad de las decisiones.
Es un conjunto acotado de decisiones prioritarias, indicadores y responsables que el dueño se compromete a ejecutar durante el siguiente trimestre. Importa porque lo aprendido se olvida rápido si no se aplica, y porque noventa días es un horizonte suficientemente corto para mantener la urgencia y suficientemente largo para empezar a ver resultados.
Si estás dirigiendo una empresa que creció más rápido que tus herramientas para gestionarla, y sientes que necesitas otro tipo de formación, conversemos. Habla con un asesor de Brickell y cuéntanos en qué momento está tu empresa. Te ayudaremos a identificar el programa que mejor responde a las decisiones que tienes por delante.
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